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La muerte de un gran Cronopio
LAS MUERTES DE IGNACIO RAMÍREZ
Carlos Orlando Pardo
Este año que agoniza nos deja varias tristezas en el alma con la distancia grande de amigos entrañables. Ya he dicho en otras ocasiones que uno se prepara para vivir y gozar la vida con los amigos pero no para sufrir su ausencia con la muerte. Y que es tan rica siempre la cofradía alrededor de los libros leídos y comentados, de los viajes compartidos, de los recuerdos comunes, del vino de la tarde, del paisaje, de la complicidad en los amores, de la devota conducta frente a la literatura, que no tiene nada de tiempo para pensar en la marcha final, para sentir que algún día debemos despedirnos. Pero las horas pasan y de pronto surgen esas noticias que dejan paralizado el entusiasmo, que bañan de dolor nuestros minutos, que cincelan la imagen de la huida, de la separación irremediable, del abandono que nos queda con esas retiradas. Y entonces por nuestra mente pasan relampagueantes los fragmentos que vivimos en esa biografía que se acaba, de los días cantados, de las historias contadas, de las copas bebidas, de las noches de invierno que gracias al calor de la amistad tenían su propia calefacción en las palabras. Y no puede ocultar que el ojo se abrillanta, que la lágrima escurre con esa sal amarga de la tristeza amplia. Pero para algo existen los escritores y es lograr la magia de hacer que los seres queridos se queden otro poco y no tengan otras muertes gracias a las evocaciones. Es lo logrado por el gran Nacho Muchacho Ignacio Ramírez, tratando de ser divertido con algo tan serio como la muerte y algo tan enojoso como la de los allegados o la de aquellos que distantes despertaron nuestra admiración permanente y se quedaron siendo parte de nuestro inventario de afectos. Con el último libro que nos remitiera Ignacio Ramírez, titulado sarcásticamente Los fantasmas felices, no nos parece que estemos visitando y leyendo las tumbas en un cementerio sino gozando la existencia de quienes tuvieron una vida y muchos sueños, libros y viajes, abrazos y confidencias, amor y lucha. Como en el libro de Tomás Eloy Martínez Lugar común la muerte, aquí comprendemos no la derrota o el triunfo final que es abrazarnos a ella cualquier día sino el triunfo que ha significado vivir y amar, escribir y sufrir, gozar y paladearnos la existencia. Y sobre todo quedarnos en el alma y la sensibilidad de alguien que se atreva a resucitarnos cada vez que cualquier lector se asome a las páginas donde estemos y nos vea brotar de ellas como si rozaran la lámpara de Aladino no ya para pedir deseos sino para desearlos en el supuesto más allá, como si otra vez nuestras noticias llegadas con la voz del viento de las páginas se quedaran detenidas para hacernos evocar la puñalada trapera de la ausencia irremediable. Y como para sentir más vivas aquellas palabras bíblicas de "hoy me veréis, mañana no me veréis pero me volveréis a ver. Como seguiremos viendo a Nacho Muchacho que nos ejemplarizara la literatura como devoción irrevocable, la amistad como un cristal que nadie pudiera manchar ni ensombrecer, la vida como un canto de cisne o de cigarra que se revienta con su propia voz y la palabra como una llama olímpica desde la antorcha eterna de la poesía. Ignacio era el cronopio mayor y los 60 mil correos que se abrían cada día para ver sus noticias y sus crónicas, sus registros y sus comentarios, sus corresponsales y las venas abiertas de la cultura por varios continentes, ha llegado a su fin como una gran tragedia. Porque la de Ignacio Ramírez fue una pluma incansable. Sólo abandonó la escritura quince días antes de morir cuando las manos no le respondieron, el dolor lo nublaba y las ideas comenzaban a confundirse de un momento a otro. Durante los 17 años que mantuvo por su cuenta y riesgo el diario virtual Cronopios, cuya última entrega la hizo a finales de noviembre, sus 60 mil suscriptores de todo el mundo quedamos en silencio. En nuestro correo no hicimos sino repasar lo que ya era postrero admirando otra vez su entusiasta capacidad de alentar vocaciones, comentar libros, registrar acontecimientos culturales, estimular publicaciones, alertar sobre la aparición de una nueva obra, testimoniar en inteligentes reportajes a escritores de diverso cuño, dejar constancia del abandono consuetudinario a los hombres de palabra o asombrarse con ellos por permanecer vigilantes con su vocación indómita. De insospechados lugares llegaron las voces de dolor por su partida y cada quien elaboraba el duelo evocando su amistad solidaria, su amor infinito por la literatura y algunas de las anécdotas que cada quién vivió a su lado. Las emisoras, los periódicos, la televisión y las conversaciones tuvieron la noticia apesadumbrada de su adiós esperado y desde notables o ignorados autores consignaron la flor sobre su recuerdo. Después de Germán Vargas, el papá grande de la literatura colombiana, sólo quedaba él, vigilante de los sueños como el cronopio mayor al que sólo lo silenció la muerte. Queda un abismo insondable con la desaparición del maravilloso diario virtual de Ignacio Ramírez y con la suya que nadie reemplazará bajo este mundo.
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