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Capítulo novela

No todos llegaron aquel viernes

Milano Editores, Pijao Editores, Ibagué, abril de 2002

SINOPSIS
Se trata de una novela de carácter histórico que transcurre entre los últimos años del siglo XVIII y los primeros de XIX, en el período que va desde el fracaso del alzamiento comunero en 1781 hasta el viernes 20 de julio de 1810, cuando comienza la lucha por la independencia colombiana del dominio español. Durante ese intenso período se van incubando los factores que culminarán en la lucha libertaria y que por ser de suyos clandestinos para evitar represalias de las autoridades virreinales, son muy pocas las pruebas escritas que quedan del desarrollo de estos fermentos revolucionarios, y por eso el autor ante la deficiencia de orden probatorio para sustentar una investigación de orden académico, decidió novelar aquellos acontecimientos sobre los cuales no existen comprobaciones documentales, pero siempre con el propósito de mantener el rigor histórico.

……………………………

C A P I T U L O IV
EL ALZAMIENTO
I

La mañana del Sábado 23 de Junio, el Padre fray Juan de Tolosa se encontraba desconcertado. De rodillas en su reclinatorio, frente al altar de la capillita franciscana, parecía estar concentrado en la oración, pero en realidad, su mente estaba agitada por asuntos crudamente humanos. El fraile consideraba que desde hacía muchas horas el péndulo de la situación estaba suspendido en un equilibrio inestable, pues en la batalla sin cuartel que venía librando contra la Clandestinidad, la Delación había asestado un golpe decisivo al capturar a los Capitanes Castañeda, en su pretensión de colarse en la Villa, para dirigir el Alzamiento, pero tampoco podía perder de vista que el Ejército Rebelde, con el Caudillo de la Rebelión al frente, se encontraba a sólo cuatro leguas de distancia y en cualquier momento podía asaltar el Poblado. El Padre Juan analizaba que hacía ya más de una semana que los Insurgentes ocupaban la vecina Ciudad de San Sebastián y hasta ese momento no se conocía ningún movimiento para liberar a la Villa de la Delación, del Presidio, de la Represión y de los otros horrores que la habitaban. Además, el devoto Franciscano tenía un gran dilema. Con preocupación, con dolor y a veces con Ira Santa, veía cómo los Humildes, sus ovejas más queridas, eran amedrantados y perseguidos, y cuando los capturaban, maltratados por la Autoridad Legítima. Su sentido de la Justicia y su temperamento se rebelaban contra esto pero, fray Tolosa tampoco deseaba soluciones que provocaran derramamientos de sangre. Empero por mucho que meditaba, no hallaba una fórmula que contentara a todos, y en cierto momento llegó a pensar si no sería que acaso Dios, con su infinito poder, se había negado a inventar una manera incruenta para que los humanos arreglaran sus diferencias. Mas l uego, aterrado de su blasfemia, se concentró por un buen rato en la oración. Pero de pronto, sin advertirlo, una nueva preocupación terrenal lo apeó de sus esferas celestiales. Como la Delación procedía con el mismo sigilo de la Clandestinidad, no siempre sus progresos se conocían de inmediato y en ese momento el Padre Juan, alarmado, cayó en la cuenta de que la Voz hacía ya varios días no se comunicaba con él.

Un pequeño grupo de personas se encontraban aún en el interior de la Capilla, produciendo un recurrente murmullo de oración entre dientes y golpes de pecho. y una mujer negra, con los brazos en cruz, rezaba en voz alta, cuando un pausado golpeteo sobre las baldosas se escuchó desde la puerta. Un anciano ciego, que arrastraba sus desastrados alpargates, avanzó a tientas, orientado por el toc-toc de su bordón. Una niña, compadecida, lo tomó por la mano y lo condujo hasta el Confesionario. Fray Tolosa se dispuso a cumplir con su Sagrado Ministerio, sin pensar que pudiera tratarse de la Voz, pues aunque el Franciscano jamás había visto el rostro de las personas que la portaban, la Voz siempre llegaba en poder de gente joven y levantisca. Por eso, cuando el sacerdote pensaba en sus desconocidos confidentes del Confesionario, los cobijaba a todos con el apelativo de los "muchachos".

Pero al acomodarse el Franciscano para escuchar pecados, recibió una de las mayores sorpresas de su vida. El réprobo, el hombre sin Dios, el que según el Padre Guardián del Convento, debía pertenecer a esa secta impía de la Masonería que desorganizaba las conciencias en otros países, la persona más buscada por la Autoridad Legítima de la Villa, estaba allí, frente a la rejilla del Confesionario. Pero Paul Victorien Lebret, el Misterioso Francés, no venía a confesar sus culpas, sino las culpas cometidas por otros que no las confesaban. Comenzó contándole al Fraile, que él sabía quién había sido el autor del primer Pasquín que apareció en la Villa. Le manifestó luego que tenía conocimiento de los diálogos que casi todas las tardes sostenía con la Voz allí mismo. Le dijo también que sabía dónde escondían las armas sustraídas del Cuartel de la Ceiba y que, por todo ello, era fray Juan de Tolosa la persona de mayor confianza en ese momento.

Las cosas, desde la víspera, habían tomado un giro especialmente grave. Algún miembro de la Clandestinidad, había relatado la noche anterior al comerciante peninsular don Lorenzo de Arriaga, la totalidad del plan encaminado a provocar un Alzamiento en la Villa y respaldar la Rebelión abanderada por el Caudillo desde la población vecina. El soplón, además había denunciado la existencia de algunas armas en poder de los Insurgentes, y le suministró también una lista completa de los cabecillas de la Conspiración. El señor de Arriaga, quien no cabía en sí de gozo por el invaluable servicio que le iba a prestar a su Majestad el Rey, aquella misma mañana había declarado todo, en presencia del Escribano Real, ante don Juan Blas de Aranzazu, Alcalde Ordinario de la Villa, quien de inmediato tomó las medidas pertinentes. Decidió que aquella misma noche se decretaría la Queda y así, cuando los vecinos se encontraran en sus casas, él, con los Notables y la Fuerza Militar de mayor confianza, debidamente armados, practicarían las rondas y los allanamientos necesarios para arrestar a los conspiradores de la Lista Negra, suministrada por don Lorenzo y para localizar el armamento perdido. Era el golpe de gracia de la Delación contra la Clandestinidad. Lebret conocía la posibilidad que tenían los Desposeídos de volverse a esfumar esa noche, como lo habían hecho en otras oportunidades y dejar a los Sabuesos de la Delación, braceando en el vacío. Pero esto tan solo conseguiría aplazar sin razón el desenlace de un enfrentamiento entre el Desc ontento y el Orden Establecido, el cual sólo podía dirimirse mediante el uso de las armas.

Ante la gravedad de la situación, Lebret consideraba que el Alzamiento debía precipitarse ese mismo día, pues luego sería tarde. El Caudillo de la Rebelión, con quien había hablado dos días antes, no era partidario de aceptar las "Capitulaciones" que el Superintendente y Generalísimo de la Rebelión tenía pactadas con la Suprema Autoridad del Reino, y además, el Francés consideraba que las determinaciones de liberar a los esclavos e intervenir a nombre del Pueblo la Reales Rentas, en forma acelerada iban transformando una Rebelión por causas tributarias, en una auténtica Revolución contra el Orden Establecido. Por ello, continuaba razonando Lebret, era indispensable provocar el Alzamiento en la Villa, pues así se desataría una Insurrección General en toda la provincia, y esto consolidaría la Revolución en ciernes; y ocurría que, en aquel momento, la única persona capaz de deton ar la explosión popular, era el fraile sevillano Juan de Tolosa.

Cuando el conspirador francés se retiró guiado por su bordón, en el Confesionario quedó el Sacerdote Franciscano literalmente aplastado por los argumentos escuchados y por la tremenda responsabilidad que Lebret había descargado sobre sus hombros. En el momento, no encontró salida distinta a la oración y como en razón de su oficio era experto en jerarquías teológicas, rezaba con afán: "Quiera Dios que la Voz no falte hoy, y si El lo quiere, que la Santa Virgen se acomida, para que la Voz llegue pronto".

II

A las cinco de la tarde la campana de la Capilla del Convento de San Fancisco comenzó a soltar sus pausadas gotas de bronce, "doblando a muerto". De seguro se estaban celebrando las Honras Fúnebres de alguien ligado a la Comunidad. Media hora después, el Cortejo Mortuorio tomó la calle. Encabezado por dos frailes con la capucha del sayal levantada y algu nos acólitos de sotana negra con roquete blanco, que portaban una cruz alta y ciriales encendidos, avanzó el Féretro llevado a hombros, y detrás, vistiendo luto riguroso, todos los deudos que alcanzaron a llegar. El séquito, con toda lentitud, terminó de subir la cuesta de San Francisco. Al salir a la Plaza del Alto del Rosario, el Hermano Tomás, portero del Convento, se cruzó con el Cortejo. El Lego reconoció entonces el Ataúd, el mismo que durante varios días viera en la celda de fray Juan de Tolosa, quien lo mantenía allí, como objeto de meditación sobre la fugacidad de los bienes terrenales. De manera que el Reverendo Padre Juan, había fallecido. El Hermano Tomás estaba acostumbrado a que los sacerdotes de la Comunidad casi siempre lo ignoraran en la vida del Claustro. Pero que no le hubiesen comunicado la muerte del Padre Juan, le parecía el colmo. Fue por eso que sufrió un gran sobresalto cuando, al llegar al Convento, el propio fray Tolosa, salió a abrirle la puerta.

Entre t anto, el Cortejo Fúnebre subía con parsimonia por el Callejón de los Muertos rumbo al Cementerio. Los cirios encendidos portados por cada uno de los integrantes del séquito, y el cántico lúgubre entonado quedamente en coro, con el claroscuro del atardecer, le daban al entierro, el aspecto de una procesión de Animas Benditas. Los escasos transeúntes que pasaban a esa hora se santiguaban con presteza, no se sabe si por temor al tétrico desfile o por respeto al Ataúd. Al llegar al Camposanto, los acongojados deudos, esquivando las tumbas, se dirigieron hacia el fondo del Cementerio, donde los Desposeídos eran sepultados en la pura tierra. En ocasiones, una rústica cruz de madera recordaba que alguna vez habían existido, mientras los altivos mausoleos de los Notables, primorosamente trabajados en mármol, proyectaban largas sombras a la luz de los velones del Cortejo Fúnebre. Detrás de uno de esos monumentos a la inmodestia humana, la procesión se detuvo. Los cánt icos se acallaron, el Ataúd fue colocado en el suelo y un corro de luces vacilantes se formó a su alrededor. Al bajarse la monacal capucha y despojarse con prisa del sayalete, apareció Eugenio Ardila. El paisano de los Insurgentes, el estudiante a quien la pobreza detuvo en sus aspiraciones, el poeta adolescente de conmovida inspiración, ante la ausencia de Gerardo Martín y de los Capitanes Rebeldes Manuel y Esteban Castañeda, quienes se encontraban prisioneros, había asumido la Jefatura del Alzamiento. Acurrucado al pie del Ataúd, dio la primera orden militar de su vida. Y al levantarse la tapa de la Caja Mortuoria, los asistentes a la ceremonia, vieron perplejos todas las armas que a lo largo de varios días habían desaparecido del Cuartel de la Ceiba.

Mientras en forma indiscriminada se distribuían entre los presentes escopetas, fusiles, mosquetes, chafarotes, sables y lanzas, del interior de la sotana del otro Franciscano emergió la corpulenta figura de Jacinto. También Ro sario Venegas y Micaela Sánchez "La Calilla", trajeadas de luto, habían acudido a la cita con el Alzamiento que conocieron aquella misma tarde, a través de una emisión urgente del Correo de las Brujas. Con absoluta calma y como si lo de mandar no fuera cosa nueva, Eugenio impartió instrucciones, órdenes y consignas a los asistentes. Dispuso que cuando todos salieran, dos de los más jóvenes debían quedarse a enterrar el Ataúd y los hábitos religiosos, para evitar que su propietario apareciera comprometido.

Y luego, tomando uno de los cohetes que también venían entre la Caja Mortuoria cogió un cirio y, sin vacilaciones, arrimó la llama a la mecha del volador.

III

Tal como lo anunciara Lebret, a las siete de la noche el Alcalde Ordinario de la Villa, don Juan Blas de Aranzazu, había convocado a todos los Notables de la Calle Real, encareciéndoles que llegasen armados a la Casa del Palomar. Se hicieron presentes, además del due ño de la casa y su pariente don Pedro Diago, los Oficiales Reales, don Santiago Tello de Meneses y su nuevo amanuense Ernesto Iscaria, don Joaquín de la Bodega Llano, los hermanos don José y don Felipe Duranas, don José Minaya, don José Antonio Racines y como era natural, don Lorenzo de Arriaga y su carnal, don Domingo de Esquivel. Desde el principio resultó evidente que quien hablaba con más seguridad e imponía su prestancia, era don Vicente Estanislao Diago, el hombre más rico de la Comarca. En forma breve, dio cuenta de las últimas informaciones recibidas por la Autoridad Legítima, en torno a las intenciones sediciosas que abrigaban muchos de los habitantes de la Villa, las armas ocultas que tenían, y la necesidad de atrapar inmediatamente a los cabecillas y recuperar el armamento.

En ese momento, por los ventanales del Gran Salón, entraron las vibrantes notas del clarín que ordenaba la Queda en sus domicilios a todos los moradores de * la Villa. Pero también, en esos instantes, una raya de luz, seguida de un silbido penetrante, ascendió al cielo desde los lados del Cementerio. Luego de culminar su parábola, la luz estalló repetidas veces con alegre estruendo. Otros dos cohetes siguieron la trayectoria del anterior, e hicieron explosión con igual entusiasmo. Esos "Tres Golpes de Volador" eran el Santo y Seña que una transmisión especial del Correo de las Brujas había difundido esa misma tarde entre los Desposeídos, convocando al Pueblo para el Alzamiento. Era la orden para la Insurgencia General, que impartía Eugenio Ardila desde el Camposanto de la Villa.

La reacción de los Humildes fue inmediata. Dejando de lado las actividades que adelantaban y empuñando los objetos contundentes, cortantes o punzantes, que siguiendo secretas consignas habían desenterrado de sus escondites, se lanzaron a las calles a gritos de: "¡A las Armas! ¡A las Armas!". De los ranchos æ, de las pulperías, de los tugurios de extramuros, manaban gentes que buscaban el Centro de la Villa. Con gran algarabía e iluminándose con antorchas improvisadas, los amotinados empezaban el ataque.

Por la Cuesta de San Francisco, con trajes enlutados y portando las armas distribuidas en el Cementerio, descendían a la carrera los asistentes al sepelio simulado, encabezados por Eugenio Ardila y por Jacinto. Todos los grupos tumultuarios que se formaban, confluían sobre la Calle de la Broma, por donde bajaban con gran algarada, buscando la casa de don Vicente Estanislado Diago, donde algunos habían visto entrar esa noche a casi todos los Notables de la Villa. Los que se encontraban en la Casa del Palomar, alertados por el alboroto, ya estaban preparados. Provenientes de las ventanas, balcones y puertas e incluso desde los techos, una cerrada descarga de mosquetería recibió a la vanguardia del Alzamiento. La Calle del Palomar empezó a cubrirse con los cuerpos caídos. La sangre inició su recorrido por entre los adoquines de la vía. Rechazados, los amotinados se replegaron hacia la esquina más próxima y luego, cumpliendo órdenes de Eugenio Ardila, levantaron unas barricadas para endurecer el asedio, amontonando toda clase de objetos arrancados de las casas de los Notables, facilitados por vecinos Insurgentes o transportados por mujeres y niños desde diferentes puntos del Poblado.

Entre tanto, Micaela Sánchez "La Calilla", corrió hasta su casa en la Cuesta de los Herreros, pues acababa de recordar que una comadre le había regalado días antes una zaraza roja para que se hiciera un traje y la tabaquera tenía entendido que el emblema de la Rebelión era una Bandera Carmesí. Después, regresó a su puesto de combate, portando en un palo, la flamante zaraza roja. "La Calilla", se quedaría sin su vestido, pero el Alzamiento ya tenía su Pabellón.

El destemplado redoblante que semanas antes celebraba la apar ición del primer Pasquín en las paredes de la Villa, volvió a sentirse en manos de los niños, quienes así se sumaron al desorden. La luz de las teas portadas por los amotinados que en forma atolondrada iban y venían, proyectaban sobre los sucios paredones de las callejuelas, unas sombras inquietantes que aparecían y desaparecían. Cumpliendo una orden de Ardila, un grupo vociferante fue a tomar por asalto la casa de don Juan Blas de Aranzazu. Paul Victorien Lebret acostumbraba predicar a sus amigos, que "Una Rebelión siempre sirve para definir realidades". Esta afirmación del Conspirador Francés, nunca resultó tan verídica como aquella noche inolvidable. El Alzamiento, al cabo de pocas horas, cambió en forma definitiva la vida de muchos vecinos de la Villa. Sixto Cordillera, por ejemplo, hasta ese día un manso campesino dedicado al cultivo de la tierra, en aquel 23 de junio, acompañado por un puñado de amigos suyos, que en forma espontánea se sumaron al Descontento, con los machetes desenfundados, desde entonces, y para siempre, se volvieron combatientes. Fueron ellos, los Nuevos Rebeldes, quienes obedeciendo a Eugenio Ardila, intentaron tomarse la casa del Alcalde Ordinario. Pero un inmenso y recio portón verde, les impidió el acceso. Con piedras, con palos, con machetes, con las puntas de las lanzas que se mellaban, los Insurgentes de Sixto Cordillera trataron de vencer el obstáculo. Pero unos disparos hechos desde la esquina, los obligaron a retroceder. Era don Vicente Estanislado Diago, quien con un grupo de gente armada, escabulléndose de su casa sitiada y eligiendo la esquina opuesta al lugar donde se encontraba la barricada, acudía en defensa de la casa de su amigo.

La confusión aumentaba por momentos; los bogas, aquellos hombre semi-acuáticos, que no tenían nada que esperar de un Alzamiento porque su vida entera dependía de las aguas, y además el Gran Río nunca les cobraba impuesto por los peces que les suministraba, sintieron como suya la Caus a de los Desposeídos de las riberas y por eso, acaudillados por Isauro Poloche, armados de canaletes, cuchillos, remos, redes y machetes, se incorporaron a la Lucha. Ahora, para hacer más gordo el alboroto, los muchachos insistían en disparar voladores, para convocar todavía al Pueblo. Otros se encaramaron con gran riesgo por la parte exterior de la espadaña de la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen y echaron las campanas al vuelo, escuchándose sus repiques esa noche en toda la Comarca. También desde la torre de la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario, las campanas entraron al combate. Desde allí mismo, un franco-tirador disparaba certeramente su fusil contra todo lo que se movía en la Plaza del Alto del Rosario.

En la celda de fray Juan de Tolosa, salvo la titilante lamparilla que velaba un crucifijo de marfil, todo lo demás estaba en penumbras. De hinojos ante el Cristo, el Fransciscano oraba con más fervor y más intensidad que n unca. Pedía a Dios que protegiera a sus " muchachos" y le suplicaba que salvase a la Villa de una matanza. La festiva algarabía de las campanas echadas al vuelo, como si estuvieran "llamando a incendio", la creciente vocinglería que se escuchaba desde la parte baja de la Villa y el intermitente pero progresivo retumbar de los disparos, hacían que el Fraile pidiera perdón, al Crucifijo, por haber contribuido en forma eficaz a desatar aquel incendio.

En la calle se oían las voces jadeantes de los Insurgentes rezagados, que bajaban presurosos la Cuesta de San Francisco para engrosar el Alzamiento. Entre ellos, con un machete en la mano, Baltasar, el esclavo negro de don Domingo Esquivel, quien desde hacía cinco días se sentía libre gracias a la orden impartida por el Caudillo de la Rebelión.

I V

El estallido del Alzamiento sorprendió a Ernesto Iscaria en la Casa del Palomar. Don Santiago Tello de Meneses, el eficiente Oficial Real, quien en esta emergencia había demo strado sus excelentes cualidades de Servidor Leal de la Corona y Eficaz Corresponsal, le había cobrado afecto al muchacho, y le reconocía su buena letra, su discreción y su incipiente instrucción. Por eso, con permiso de don Lorenzo de Arriaga, ahora concurría a todas partes con el joven, pues además nunca se sabía cuándo era necesario copiar algo.

Cuando se supo que la Vanguardia del Alzamiento se aproximaba a la Casa del Palomar, en la mansión se desató una ola de confusión. A los cacareos, maldiciones y blasfemias de los Notables, se sumaron las histerias de las mujeres y el asordinado abejorreo de la servidumbre. Cuando comenzaron los disparos y los hombres del interior de la casa, parapetados en los balcones y ventanas respondieron con fuego graneado, la esposa de uno de ellos, detenida en la mitad del Gran Salón, con los brazos en cruz, se dirigía al cielo clamando en voz alta sus pecados, para librarse de las Penas del Infierno que se habían desatado a su alrededor. Ernesto, aprovechando la confusión y abrigando la esperanza de que don Santiago Tello de Meneses no necesitara dictar correspondencia en aquellos momentos, bajó al primer piso, salió al solar y sobre el techo de las pesebreras pasó a las casas vecinas, y desde allí ganó la calle. Rodeando la manzana, llegó hasta la barricada donde Eugenio Ardila organizaba el ataque decisivo contra el Cuartel General Anti-Insurgencia.

—¡Debemos sacar del Presidio a Gerardo Martín y a los Capitanes! - Se hizo entender el muchacho en medio del fragor del combate.

—¡Al Presidio! - ¡Al Presidio!-, repitieron en coro los hombres y mujeres que alcanzaron a escuchar la propuesta. - ¡Al Presidio! ¡Al Presidio!-, vociferó la multitud apiñada tras la barricada.

Encabezada por Eugenio Ardila y Ernesto Iscaria, la muchedumbre enardecida, cambió de objetivo, y abandonó el asedio de la Casa del Palomar. Convertida en una gigantes ca y ondulante Marcha de Antorchas, se encaminó por entre las callejuelas al Presidio, enarbolando airada toda clase de armas. Como era de esperarse, los Notables y la Autoridad Legítima no iban a permitir que uno de sus principales aliados cayera en manos de los Insurgentes. Desde cuando la Delación dio a conocer a don Lorenzo de Arriaga los planes de la Clandestinidad, don Juan Blas de Aranzazu, había destacado guardias bien pertrechados, para cubrir la calle donde se encontraba el Presidio. Mientras avanzaba al frente de la ruidosa multitud, Ernesto no pudo evitar una sonrisa cuando observó al pequeño Antonio de Arriaga, hijo de su patrón don Lorenzo, quien apoderado del viejo redoblante, a golpe de tambor, marcaba el paso de la turbamulta.

Al desembocar en la empedrada callejuela que conducía al Presidio, los recibió una descarga de fusilería. La calle empezó a cubrirse de muertos y cuerpos heridos. La presión ejercida por quienes venían atr ás, obligaba a la vanguardia a continuar su avance sobre las bocas de fuego, que repetían sus descargas, ampliando los claros en las filas de los amotinados. Cuando los rezagados se dieron cuenta de la magnitud de la masacre en las primeras líneas, recularon despavoridos y en medio del desorden descongestionaron la calle del combate.

Eugenio Ardila dio a gritos su última orden militar. Del campo de batalla debían ser retirados los heridos y además, los cadáveres debían ser arrojados a las heladas y turbulentas aguas del Río-Frío. Era una medida tan dolorosa como inevitable, para evitar que la vista de tanto horror amedrantara a los combatientes que llegaban desde la retaguardia al callejón del conflicto. Se reanudó el ataque para tomar el Presidio. Parapetados en las ventanas, los carceleros disparaban contra la segunda arremetida. Entre tanto, los voluntarios evacuaban los cadáveres y desde el Puente del Diamante, los arrojaban a la tormentosa corriente.

De repen te un pistoletazo reventó desde uno de los ventanucos y Eugenio Ardila, el Jefe del Alzamiento, quizás alcanzó a vislumbrar el fogonazo sobre sus ojos y luego, llevándose la mano al rostro, se fue desplomando con el sable aún empuñado. Una pareja de pescadores que venía tras él y quienes desde el principio del Alzamiento se habían convertido en Ordenanzas Voluntarios del Jefe Adolescente, tomaron el cuerpo sangrante del muchacho y, acatando su último mandato, se dirigieron al Río-Frío. El estudiante frustrado por la pobreza, el poeta en ciernes que había llevado su emoción y sensibilidad a la Causa de los Marginados, cayó muerto en su primer combate, a escasas tres horas de haber impartido su primera orden.

Ernesto y Jacinto, sin advertir la sensible baja que acababa de producirse, insistían en llegar a las puertas del Presidio. A ellos se había unido el antiguo esclavo Baltazar, quien efectuaba en el aire amplios molinetes con un gigantesco machete. La piel sudorosa del negro y los dientes que exhibía con orgullo, brillaban a la luz de las antorchas. La guardia armada, destacada por don Juan Blas de Aranzazu para proteger la Legitimidad, acosada sin cesar por el avance de los Insurgentes, se retiró calle arriba. Al fin éstos lograron llegar al inmenso portón claveteado, que separaba el Despotismo de la Libertad. Asegurados sólidamente por los carceleros, los recios tablones ni siquiera crujieron ante los primeros empellones de la turbamulta.

El corpulento Jacinto, quien como única arma portaba una lanza proporcional a su estatura, se hizo escuchar a gritos, reclamando algo contundente para derribar la puerta maciza. Gilberto, un matarife que al escuchar el Santo y Seña de los "Tres Golpes de Volador" salió de su carnicería armado con un hacha, le alcanzó el arma. Jacinto la tomó y antes de asegurarla con fuerza, se echó saliva en las dos manos. La multitud le abrió espacio al improvisado leñador. Al primer intento, el hacha rebotó sin d ejar huella en la madera. Tomando aire, el gigante reunió todas sus fuerzas y repitió la operación. Después de varios golpes empezaron a saltar astillas y se abrieron las primeras brechas. Por una de éstas el herrero introdujo su brazo musculoso y retiró las trancas que aseguraban el acceso al Presidio. Cuando los carceleros vieron que caía el gran portón, llenos de pavor se despojaron de sus uniformes y, vestidos de paisanos, ellos mismos se encerraron en los calabozos. La turba se desparramó por todos los pasillos, celdas y socavones, rompiendo puertas, saltando candados, destruyendo muebles y quemando documentos. Gerardo Martín, los Capitanes Castañeda y otros Insurgentes, en Triunfo fueron conducidos a la Libertad.

La multitud emocionada alzó en hombros a los liberados. Incluso varios carceleros, tomados por Mártires de la Causa, fueron paseados en Triunfo. Gerardo llevaba en la mano derecha una antorcha. Al desembocar en la Calle del Presidio, la m ultitud se encontró con otro grupo capitaneado por Micaela "La Calilla", la Abanderada de la Zaraza Roja. Cuando la tabaquera reconoció al muchacho llevado en hombros por los amotinados, le envió un gran beso con la mano izquierda y por el aire le lanzó el Pabellón Carmesí. Martín lo cazó al vuelo y lo levantó. Portando la antorcha en la derecha, mientras en la izquierda agitaba la Bandera Encarnada, Gerardo Martín, en hombros de sus amigos, parecía un monumento viviente a la Liberación.

Pero tiempo habría después para las celebraciones. Por ahora lo fundamental era la Victoria. Restaurados en sus puestos de Jefes del Alzamiento, Gerardo y los Capitanes Castañeda se repartieron las obligaciones. Mientras éstos últimos, acompañados por Sixto Cordillera, encabezaban el asalto a la Real Hacienda donde se guardaban el aguardiente y los mazos de tabaco que con sus pesados gravámenes propiciaran el Gran Conflicto en el Reino, Gerardo con otro grupo de Insurg entes reiniciaría el asedio a la Casa del Palomar, donde continuaban fortificados los Notables. Martín, luego de restituirle la Bandera Roja a "La Calilla", acompañado por Ernesto y Baltasar, observó por encima de la turbamulta la cabeza de Lebret. Jinete sobre un caballo moro, con la camisa de seda abierta hasta la cintura y con un sable en la diestra; el Conspirador Francés avanzaba por entre la multitud, llevando del cabestro un segundo caballo que se resistía, asustado por las teas, el griterío y las armas enarboladas.

Gerardo Martín y Ernesto Iscaria debían partir de inmediato hacia la ciudad de San Sebastián, donde se encontraba el Cuartel General del Caudillo de la Rebelión, para pedirle que al frente del Ejército Rebelde marchara esa misma noche sobre la Villa, pues como se presentaban las cosas, lo que debía ser una Gran Revolución había derivado hacia un Sangriento Motín. La argumentación de Lebret no daba lugar a discusiones.

Entre tanto, la gente se dir igía al asalto de la Casa del Palomar, encabezada por Micaela Sánchez "La Calilla", quien enarbolaba orgullosa su Bandera de Zaraza Roja. A su lado marchaba el niño Antonio de Arriaga, batiendo enérgico su redoblante. Detrás, el Pueblo en Armas. En medio de las detonaciones, la Abanderada del Alzamiento sintió de repente un agudo dolor en el pecho. Apretando con desespero el asta del Pabellón Carmesí, Micaela poco a poco empezó a irse de bruces. La Zaraza Roja arropó con suavidad la calle empedrada y sobre ésta se desgonzó el cuerpo de "La Calilla" con el palo del Estandarte Rebelde todavía empuñado.

Transcurrían los últimos minutos de aquella azarosa noche del 23 de junio . . .

V

En los cascos de los dos caballos que al galope se internaban en la llanura podía estar el futuro de la Revolución. Inclinados sobre los cuellos de las cabalgaduras, Gerardo y Ernesto pretendían esa madrugada devorar las cuatro leguas que separaban a la Villa del Cuartel General del Caudillo de la Rebelión. Acosando con los talones y las riendas a los animales, los dos muchachos no parecían percartarse de su acezante respiración, ni de la espesa baba blanca que brotaba por entre sus frenos metálicos.

En el horizonte, las primeras luces del amanecer teñían de oro los perfiles del paisaje. A los lados, como ruinas de castillos encantados, quedaban atrás las siluetas de los farallones que separaban la Villa de la llanura ilímite. Gerardo, a pesar de la insistencia de Lebret, se había resistido al principio a partir hacia la Ciudad de San Sebastián, hasta no dejar consolidada la Victoria. Pero los Notables, acaudillados por don José Minaya y don Juan Antonio Racines, lograron presentar una sólida y tenaz resistencia contra los Amotinados. Los hermanos Durana, don Bernabé Llamosa y de manera especial don Vicente Estanislado Diago, que esa noche se había comportado como un gladiador, lograron retomar el control de la Cal le del Palomar y la barricada que ordenara Eugenio Ardila fue desmantelada. Como a las tres de la mañana, los Notables de la Villa y la Fuerza Militar recuperaron también la Calle Real, y en todos los sectores adyacentes establecieron un estricto control. Además, las botijas de aguardiente empezaron a circular entre los amotinados y pronto se fue sintiendo su efecto disolvente. Se intentaron los primeros saqueos. Cuando Gerardo se convenció de que sin la presencia en la Villa del Caudillo de la Rebelión y su Ejército Rebelde el Alzamiento Insurreccional podía degenerar en un caótico motín, decidió salir en su búsqueda. Las antorchas que al principio sirvieran para saludar el advenimiento de la Liberación, ahora, transformadas en implacables teas, daban comienzo a los primeros incendios.

A lo lejos empezaron a verse las modestas casucas blanqueadas de la Ciudad de San Sebastián, la torre de la Iglesia Parroquial dedicada al Santo Patro no, el campanario de la Capilla de Santa Lucía y la espadaña de la Ermita. Al llegar a las primeras calles, los fatigados jinetes debieron refrenar el ímpetu de sus cabalgaduras, pues modestas telas de colores que hacían las veces de tiendas de campaña y dispersos vivaques aparecieron por doquier. Los milicianos del Ejército Rebelde, acampados en los espacios libres de la población, iniciaban las tareas del día. En la Plaza Principal, las mujeres de los combatientes, en humeantes calderos colocados sobre fogatas improvisadas, ponían a hervir las raciones del desayuno. Indígenas sin camisa, con bandas de tela ceñidas a la cabeza, portando sus ancestrales lanzas, deambulaban por todas partes. Esclavos recién liberados, en cuclillas, formaban corrillos para fumarse por turnos, el primer tabaco del día. Otros descargaban unas mulas que acababan de llegar cargadas con municiones. Los Desposeídos de la Ciudad de San Sebastián, fraternizaban con los miembros del E jército Rebelde.

Al descabalgar frente a las Casas Capitulares, Gerardo y Ernesto preguntaron por el Caudillo de la Rebelión y les respondieron que aún no había salido a la Plaza. En ese momento, unos gritos que portaban consignas de infancia, les llamó la atención hacia Simón Bernate, el jornalero indígena que compartiera con ellos sus años de la niñez en la Aldea Natal. Alborozados, y con efusivas congratulaciones por el casual encuentro, por unos instantes los muchachos regresaron a los días felices y libres de otros tiempos. Ernesto observó que Bernate, en el lapso del año que llevaba sin verlo, se había transformado en un hombre fornido, resuelto y más reservado que nunca.

El paisano aborigen les relató entonces, en un lenguaje preciso, sus últimas andanzas. Cuando a los campos de la Aldea Natal llegó el Rumor de Lejanos Alzamientos contra la Autoridad Legítima en las Provincias del Norte del Reino, él y otros hombres de su raza, habían decidido empuñar las arma s para combatir. Hablaron luego de su pequeña Aldea Natal y Ernesto se enteró de sus padres, de sus hermanas y de sus amigos. Gerardo por su parte guardó silencio, pues nunca supo el nombre de su padre blanco.

Poco después salió a la Plaza el Caudillo de la Rebelión, calzando unas lustrosas botas verdes, seguido por dos de sus hermanos y varios de sus colaboradores. Los muchachos fueron a él y Gerardo, en forma rápida, le relató los desarrollos del Alzamiento en la Villa, poniéndole de presente la urgente necesidad de la presencia del Ejército Rebelde en esa población para afianzar la posición y evitar desmanes. Vino entonces, la Gran Decepción. El Caudillo de la Rebelión argumentó que la Villa carecía ahora de todo interés estratégico, pues el Regente Visitador General había huido con demasiada prisa, y además, porque las armas que hubieran podido servir a la Rebelión viajaban en aquel momento aguas abajo por el Gran Río, y por tanto, la ocupación militar de esa localidad carecía œ de sentido. Agregó luego que su misión no era respaldar con las armas todos los motines que se presentaban a su paso, pues si se dedicaba a defender tantos zafarranchos populares no tendría tiempo para hacer otra cosa.

Mientras sostenía la mirada del Caudillo de la Rebelión , quien lucía ahora un bigote negro que destacaba el gesto decidido de su boca, Ernesto fue respondiendo uno a uno sus argumentos. Ya no se trataba de combatir por unos tributos de tabaco o aguardiente, ni de auspiciar la solución de problemas de tasas, sisas, tornaguías o pontazgos, porque la Liberación de los Esclavos y la Intervención de las Reales Rentas a nombre del Pueblo le habían dado una dimensión diferente a la Lucha, y como decía Lebret, a quien el Caudillo conocía, la Rebelión inicial estaba a punto de convertirse en una auténtica Revolución. Recalcó también que si el Alzamiento de la Villa no era respaldado de inmediato, pronto decaería en un vulgar motín, y más tarde resultar ía imposible sorprender de nuevo a la Autoridad Legítima con nuevos pronunciamientos populares.

Estas razones, ni las que expuso Gerardo, ni los argumentos de Simón Bernate en favor de la tesis de sus paisanos, ni el criterio de algunos Capitanes que formaban parte del Estado Mayor del Caudillo de la Rebelión, consiguieron que éste cambiara de opinión. Aquella misma tarde dispondría lo necesario para que sus hombres marcharan sobre las pacas de tabaco almacenadas en las bodegas de San Juan de la Lagunilla.

Decepcionados, los muchachos no sabían qué camino tomar. El Alzamiento de la Villa no tenía salvación. ¡Tantos sacrificios realizados en vano! Entonces Gerardo tomó la decisión de no volver más a la Villa. Por aquellas horas el Motín debía estar sofocado y los Insurgentes sometidos a la Represión. La Rebelión declinaría por mucho tiempo en la región, y sabiéndose una de las personas más buscadas por la Autoridad Legítima, so bre todo a raíz de su espectacular salida del Presidio, y teniendo conciencia de que la Clandestinidad, desarticulada por completo, no estaba en condiciones de proteger a nadie, consideró una locura regresar a colocarse en manos de sus carceleros.

Despidiéndose con tristeza de Gerardo y de Simón Bernate, los dos mejores amigos que hasta entonces tuviera, Ernesto, emprendió su viaje de regreso a la Villa. Contrastando con la esperanzada y febril galopada de esa madrugada, ahora volvía deprimido, agotado por los acontecimientos que durante largas horas lo sacudieran de manera frenética, y sobre todo, sin ilusiones, pues todo se había desmoronado. Entonces, aflojando las riendas, dejó que el caballo viajara a su paso.

Iba pensativo. En esos momentos de desesperanza, Ernesto se sentía solo, más solo que nunca. Eugenio Ardila, Micaela y quien sabe cuantos más habían caído combatiendo heroicamente. "Monsieur" Lebret de seguro volvería a desapa recer, tal vez para siempre. Y ahora dejaba atrás a Gerardo Martín y a Simón Bernate, los compañeros de su infancia, quienes al unirse al incierto destino del Caudillo de la Rebelión, era posible que jamás volviera a verlos. Sólo en ese momento, Ernesto cayó en la cuenta de que nunca había preguntado a Gerardo, si Martín era en realidad un apellido, o apenas un nombre compuesto.

VI

A la mañana siguiente del Alzamiento, la Villa ofrecía un espectáculo de dramática desolación. La parte baja de la población y sobre todo los sectores aledaños a la Calle Real y a la Calle del Palomar, que agrupaban la mayoría de las casonas y comercios de los Notables, escenario de rudas luchas, eran una herida abierta que había dejado la locura colectiva. Escombros humeantes, fragmentos de barricadas, muebles destruidos, armas inutilizadas, cadáveres insepultos, que no alcanzaron a ser llevados a las aguas del Río-Frío.

La Autoridad Legítima y los Notables de la Villa, encas tillados todavía en la Casa del Palomar, pero ahora con suficientes pertrechos y provisiones, se sentían preparados para resistir un largo asedio. Por su parte, la Fuerza Militar había establecido un cordón de gente armada en el centro del Poblado, que iría ampliándose en un círculo cada vez más amplio. El estricto control castrense impuso una frontera infranqueable entre la Villa de los Notables y la Villa de los Desposeídos.

Al acercarse el medio día, dos curas Franciscanos, portando una bandera blanca, salieron de la Casa del Palomar. Se trataba del Padre Guardián del Convento de San Francisco y de otro miembro de la Comunidad. Fray Juan de Tolosa se negó a participar en la negociación por encontrarse abrasado por la fiebre. Con gran ostentación, los emisarios exhibían en sus manos las famosas "Capitulaciones", que en otras localidades habían demostrado un extraño poder para disolver el Descontento, como si fueran un mágico exorcismo. La tarea de los diplomáticos no f Ïue difícil, pues las huestes populares, diezmadas, se encontraban por completo extenuadas por la fatiga, el calor, el sueño y el licor, y no estaban en condiciones físicas ni morales de reanudar la lucha.

En diferentes sectores de la Villa todavía se escuchaban esporádicos disparos, que al avanzar la tarde fueron apagándose. Tan sólo resistía un solitario francotirador, parapetado en la torre de la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario, quien, al parecer, muy bien municionado y mejor abastecido de víveres, durante los tres días siguientes continuó disparando contra todas aquellas personas que parecían Notables. Con la puerta del campanario clausurada por dentro, e incomunicado en forma total del mundo exterior, no aceptaba ninguna negociación con la Autoridad Legítima, y la idea de volar la torre para aniquilar al sedicioso fue recibida por los clérigos y los frailes con más alarma que un nuevo impuesto al aguardiente. Por fin, a la cuarta noche, y ayudado por unas cuerdas, el tozudo luch ador, extrañado por el silencio reinante en el resto de la Villa, descendió hasta la calle para informarse de los progresos del Alzamiento y solo entonces supo que había fracasado, así que no regresó a su inexpugnable atalaya. Años después, cuando los jóvenes sobrevivientes del Motín relataban a sus nietos las experiencias vividas aquella azarosa noche, vino a saberse que el irreductible francotirador de la torre del Rosario había sido el propio Sacristán de la Iglesia.

Patrullas de la Fuerza Militar se repartieron las distintas vías de acceso a la Villa, taponando la eventual llegada de refuerzos e impidiendo, a la vez, la fuga de los cabecillas del Alzamiento. Sin embargo, Sixto Cordillera, el apacible agricultor a quien los sucesos de la víspera habían cambiado el rumbo de su existencia, resolvió con sus macheteros sobrevivientes romper el cerco militar y salir a campo abierto. Como en su juventud fuera alistado contra su voluntad para servir de soldado r aso en el Batallón Fijo de Cartagena de Indias, donde conoció al Caudillo de la Rebelión, también reclutado por la fuerza, Sixto Cordillera decidió preparar militarmente su salida de la Villa. El y sus compañeros habían recogido todos los fusiles, mosquetes y escopetas que encontraron en los sitios de combate. Además, cuando entraron en la casa de don Domingo de Esquivel para liberar a los cuatro esclavos que allí se encontraban, se apoderaron también de seis magníficos caballos que pastaban en las pesebreras del cruel peninsular.

Cuando Sixto Cordillera determinó romper el cerco que controlaba la Calle del Colupal, envió tres voluntarios para acercarse al cordón militar y provocar a los soldados disparándoles las armas, que no hacía mucho los campesinos habían aprendido a manejar. Los miembros de la Fuerza Militar a su vez descargaron sus fusiles sin causar heridas y entonces, obedeciendo una orden de su Comandante, desenvainaron sus sables y se lanzaron a la captura de los agresores. Estos retrocedieron, y cuando llegaron al final de la calle, los tres hombres de Sixto Cordillera se tiraron al piso y desde las esquinas una nutrida descarga, recibió a los soldados que venían en su persecución. Los Macheteros de la víspera, convertidos ahora en Fusileros, habían sorprendido a la Fuerza Militar, dejando a casi todos sus efectivos tendidos sobre el empedrado. La vía de escape de la Villa quedó abierta y por allí salieron los voluntarios de Sixto Cordillera, algunos montando las cabalgaduras de don Domingo de Esquivel. A lo lejos, imponentes, se veían los farallones de Lumbí como invitando a los proscritos a su acogedor asilo.

En el centro de la Villa, los combates cesaron del todo. En las horas de la tarde empezaron a removerse los escombros, a sofocar los rescoldos que aún ardían entre las ruinas y a recoger los cadáveres, encontrados en las posturas más inverosímiles. El cuerpo de un adolescente voló en pedazos, cuando una tea encendida cayó por accidente sobre el cuerno de vaca lleno de pólvora que llevaba para proveer a los combatientes de la Calle Real. Otro, apenas un niño, murió aplastado por un pedazo de cornisa desprendido del techo de la Casa del Palomar, cuando iba a recoger la Bandera Carmesí, sobre la cual yacía el cuerpo de Micaela Sánchez. Un difunto arrojado al Río Frío, salió nadando hasta la orilla. Algunas personas buscaban como sonámbulas, entre los escombros, el cuerpo de algún familiar que nunca regresó a su casa. Otros bajaban hasta el Río Frío, convertido en un santuario de peregrinación para los Desposeídos, quienes con gran trabajo descendían por sus escarpadas orillas tratando de localizar a sus muertos.

Rosario Venegas y el herrero Jacinto, llevados por Isauro Poloche en su canoa, se movían en la confluencia del Río-Frío con el Gran Río, explorando los remansos y recodos, para dar con los cuerpos de Eugenio Ardila y de Micaela, dos de los valerosos Insurgentes caídos en acció n. Con la muerte de "La Calilla", Rosario había perdido a su mejor amiga, Jacinto a su mejor vecina y los Humildes de la Villa a su mejor Abanderada. Cadáveres de otros luchadores fueron encontrados en la enmarañada vegetación de las riberas, y llevados a la Villa eran entregados a sus parientes. En medio de su tristeza, el boga Poloche pensaba que de las cuatro personas comprometidas en la Expedición del Rescate de los tres pedreros, tan sólo quedaban Jacinto y él.

Al promediar la tarde empezaron los sepelios. A medida que eran identificados los despojos , se entregaban a sus deudos, y en rústicas cajas de madera construidas a toda prisa, regresaban al Cementerio del Alto del Rosario, donde horas antes se iniciara el Alzamiento. Los sepultureros no eran suficientes y fueron ayudados por labriegos, expertos también en escarbar la tierra. Los cuerpos sin identificar quedaron expues tos a la vista del público en la Calle Real, en espera de que alguien los reclamara.

Como a las cinco de la tarde, unos cánticos fúnebres descendieron por la Cuesta de San Francisco. El Padre fray Juan de Tolosa, revestido con todos los ornamentos para oficiar una Misa de Difuntos, portando en alto un gran crucifijo de plata y seguido por una multitud de dolientes que llevaban cirios encendidos, llegó hasta el puente sobre el Río Frío. Alguien había improvisado, contra una de las barandas de piedra, un pequeño altar. Allí, de cara a la corriente que arrastrara tantos cuerpos, el Sacerdote Franciscano celebró la liturgia más dramática de su vida. Cuando terminó el Oficio de Difuntos, Rosario Venegas le entregó una corona de flores, que ella misma había tejido y él, tomándola con ambas manos, la arrojó a las turbulentas aguas. Las notas del clarín empuñado por un corneta adolescente, por cuyas mejillas corrían lágrimas, desgarró un prolongado Toqu e de Silencio. Entonces, el Reverendo Padre Juan, levantando en alto la cruz de plata, con ella bendijo por tres veces el tormentoso afluente, el cual a partir de ese momento sería considerado como lugar de Eterno Reposo.

Luego, despojándose de sus ornamentos, los entregó a un monaguillo y manifestó su deseo de estar solo; y paso a paso, con agobiada lentitud, empezó a subir por la Cuesta de San Francisco en dirección a su Convento. El día terminaba. En el momento en que la luz y las tinieblas se confunden para separarse definitivamente, la campana de la Iglesia del Rosario, todavía en poder del francotirador solitario, empezó a dar pausados toques anunciando la hora del "Angelus". El compungido Sacerdote, con los ojos turbios por la emoción, se quedó mirando la torre donde golpeaban los metales, mientras sentía un confuso desgarramiento que él no sabía si era de Ira ante el Fracaso, Dolor ante la Muerte, o Impotencia ante lo Insuperable.

Biografía de Darío Ortíz Vidales

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